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Un
antropólogo-pandillero en un barrio de Managua
El antropólogo se hizo pandillero para conocer
desde dentro algo de la lógica del centenar de pandillas
que operan en los más de 400 barrios de la capital nicaragüense.
Estos son los primeros apuntes de esta interesante experiencia.
Dennis
Rodgers
Tomado de: http://www.envio.org.ni/articulo/305#arriba
La
violencia y la inseguridad crecen a diario en Centroamérica.
También en Nicaragua. Uno de los rostros de esta realidad
es el de las pandillas, bandas de jóvenes que andan por los
barrios molestando, robando, golpeando y a veces, hasta matando.
¿Qué son estas pandillas: grupos pasajeros o instituciones
con una lógica propia? ¿Por qué los jóvenes
se unen en pandillas? ¿Qué motiva la violencia que
les caracteriza?
Como
antropólogo quise encontrar alguna respuesta a éstas
y a otras preguntas. Y me puse a buscarla. Quiero agradecer el financiamiento
del Royal Anthropological Institute de Gran Bretaña e Irlanda
del Norte. Sin él, esta búsqueda, esta investigación
no hubiera sido posible. Para obtener datos, la metodología
antropológica depende, en gran medida de la "observación
participativa". Por eso, como antropólogo decidí
hacerme pandillero. Para estudiar y entender lo que es un pandillero,
el antropólogo debe asumir el rol social que estudia y debe
participar en las realidades sociales que investiga. Eso hice. La
gran fuerza de este método de investigación es que
permite, no sólo observar cómo actúan las personas,
sino cómo entienden y experimentan sus acciones.
Es
primordial que el antropólogo pandillero viva en esa doble
realidad durante un tiempo prolongado, para que lo cotidiano se
haga explícito y para que lo que la gente dice que está
haciendo se ponga a prueba en la vida diaria con lo que realmente
está haciendo. Este contraste, importante para entender la
organización de las vidas de los pandilleros, requiere de
tiempo. Y requiere de inmersión en otro papel social. Inmersión,
no conversión. En todos los momentos de la vida, todos jugamos
varios papeles sociales, y un antropólogo, en el curso de
sus investigaciones, tal vez juega más papeles aún.
No deja de ser antropólogo cuando es pandillero ni tampoco
se hace un pandillero exactamente como lo son los demás.
El
único pandillero chele
Las mías no fueron necesariamente desventajas. La distancia
ayuda a veces al análisis. Tampoco se puede argüir que
el doble papel distorsiona la investigación. Al menos, no
la distorsiona más que una encuesta. La introducción
de una variable externa dentro de una determinada situación
social puede precipitar condiciones útiles para una mejor
comprensión del fenómeno. Todo eso lo comprobé
al asumir el papel de pandillero en un barrio popular de la zona
oriental de Managua, en donde viví con una familia desde
octubre de 1996 hasta julio de 1997.
El
hecho de ser un pandillero chele (blanco, rubio) fue obviamente
atípico, especialmente en el contexto social de un barrio
donde era el único chele que vivía allí. Esto
distorsionó la situación, pero no de un modo escandaloso,
y las ventajas fueron más que las distorsiones. Como miembro
de la pandilla, he sido considerado como un "broder tuani",
y los pandilleros hablaron conmigo sin miedo y sin reticencias de
sus actividades delictivas. El hecho de tener un estatus atípico
me permitió entender algunas cosas sobre las pandillas. Las
hubiera descubierto también siendo un pandillero típico,
pero tal vez el proceso de aprendizaje hubiera sido más lento.
Lógica de los pleitos entre pandillas
La reputación de una pandilla depende en parte de las características
de su barrio de origen. Depende también de las características
de los miembros de la pandilla. Una de las razones para que los
pandilleros del barrio donde viví me admitieran en su grupo
fue el "toque especial" que mi pertenencia daba a la pandilla.
Estoy seguro de que en Managua no hay muchas pandillas con chele
incluido. Otros miembros aumentan la reputación o notoriedad
de la pandilla por su coraje, su violencia o su locura. Yo la prestigié
por mis orígenes.
Este
estatus atípico me permitió descubrir algo de la lógica
que tienen los pleitos entre pandillas. "Lógica",
porque estas frecuentes confrontaciones no se desarrollan así
porque sí. En gran medida, los pleitos entre pandillas se
orientan a dañar a los miembros notorios de la pandilla adversa.
Yo, como el pandillero chele de mi barrio, fui un objetivo de primera
importancia.
Una
anécdota revela mi "importancia". Siendo ya pandillero,
un día no había agua en mi barrio y decidí
irme a duchar a la casa de una hija de la familia con quien vivo,
en un barrio vecino. Pero "mi" familia no quería
dejarme ir solo. A pesar de la hora del día, las 6.30 de
la mañana, consideraban que era un riesgo que me adentrara
en aquel otro barrio porque la pandilla de allí, enemiga
de la de mi barrio, podría atacarme, no sólo como
miembro de la pandilla rival sino, sobre todo, como miembro con
características tan especiales. Finalmente, después
de sopesar el riesgo, el querido de la dueña de mi casa,
que es taxista, y que estaba durmiendo en la casa ese día,
me llevó en su taxi, esperó a que me duchara y después
me regresó a la casa. Nunca en mi vida tomar una ducha me
resultó tan peligroso...
Sub pandillas dentro de la pandilla
La pandilla tiene una estructura bien definida, con subgrupos de
edad. Todo pandillero empieza siempre en el nivel más bajo,
en la pandillita de los de menos de 13 años. Pasa después
al grupo de los que tienen 13 17 años y finalmente, al de
los que tienen más de 18. No se trata nunca de "diferentes"
pandillas, sino de "sub pandillas".
La
pandilla de mi barrio está subdividida de dos maneras: por
edades y por la geografía del barrio: los de arriba, los
de abajo, y los del centro. "Los dragones" son los de
arriba, "Los cancheros" los de abajo, y "Los de la
calle ocho" por un billar del barrio que se llama así
son los del centro. Estos subgrupos de la pandilla operan generalmente
por separado, pero jamás pelean entre sí, y se juntan
todos cuando el barrio está en peligro cuando es atacado
por la pandilla de otro barrio o para molestar a la gente durante
fiestas populares como las de Santo Domingo.
La
incorporación escalonada a la pandilla se practica con los
jóvenes de las familias establecidas en el barrio. En los
primeros años 90 hubo una masiva inmigración de nuevas
familias más o menos la mitad de la población actual
del barrio y puede suponerse que en aquellos años se desarrollaron
varios mecanismos para integrar a la pandilla a los jóvenes
de las familias que llegaban.
Mi rito de iniciación: un puñal y un robo
Creo que por mi estatus especial mi chelitud, mi origen social y
también mi edad: a los 23 años, soy el más
viejo del grupo el rito de iniciación por el que pasé
para ingresar en la pandilla no fue el habitual. Pero, como desde
mi llegada al barrio no ha llegado ningún otro joven, no
he podido asistir a otra iniciación para salir de dudas.
Algunos pandilleros me han dicho que la mía no fue tan diferente
a otras.
El
rito fue informal y tuvo dos momentos. Primeramente, una tarde unos
pandilleros intentaron asustarme con un cuchillo cuando estábamos
hablando en la calle. Era un cuchillo suizo, más grande que
los que se encuentran usualmente en el comercio, el que los militares
suizos utilizan para el combate mano a mano. Tuve suerte. Crecí
en Suiza y empecé a jugar con cuchillos suizos desde los
ocho años. Por eso, después de lograr controlar no
sin dificultad el miedo que sentí, les pedí el cuchillo
y les enseñé a hacer con él algunos trucos
que no conocían.
El
segundo momento del rito consistió en ir al cercano mercado
Roberto Huembes con otros pandilleros para robar. En el mercado,
y con mi cooperación, me utilizaron como señuelo para
distraer al dueño de un tramo de ropa mientras ellos se robaban
varios calzones de mujer. Después, yo debía venderlos
en el barrio. De casa en casa, y utilizando mis limitadas redes
sociales hacía solamente dos semanas que vivía allí
, logré vender los ocho calzones por 43 córdobas.
Se venden a 20 córdobas cada uno en el mercado, pero esas
"rebajas" son lo normal en el mundo de estos "bisnes".
Como
la antropología propone la inmersión y no la conversión,
traté de comunicarles esta diferencia a los pandilleros.
Una vez que me iniciaron en la pandilla, les dije que no participaría
ni en asaltos ni en robos con ellos, ni tampoco en pleitos de pandillas
que ocurrieran fuera de los límites del barrio. Les dije
que, esencialmente, sería un miembro observador. Los pandilleros
me aceptaron sin problemas estas condiciones, conscientes de que
por antropólogo y extranjero además de por consideraciones
éticas no podía involucrarme a fondo en actividades
de ese tipo.
Pero,
cuando mi barrio fue atacado por una pandilla enemiga, en noviembre
de 1996, los pandilleros del barrio se convirtieron en los observadores
de mi actuación. En aquella ocasión, participé
en la defensa del barrio, me peleé a palos con los que llegaron
y tiré piedras. Para mí se trató de un caso
de defensa propia. "Ahora sos uno de nosotros, ya vimos que
tenés la onda, ya miramos que querés al barrio y que
estás dispuesto a defenderlo", me dijeron varios pandilleros
después del pleito. Aceptando que tengo un papel especial
dentro de la pandilla, los pandilleros consideran que, a pesar de
todo, necesito "tener la onda": estar siempre dispuesto
a defender al barrio para que no sea invadido, no mostrar miedo
ni a ser herido ni a participar en robos, fumar marihuana...
Campaña policial de enero 97
Ser pandillero y ser residente en un hogar del barrio me fue bastante
útil para entender las actitudes de los pandilleros y de
sus familias ante la campaña represiva del nuevo gobierno
liberal en contra de las pandillas. A fines de enero de 1997, recién
asumido el poder Arnoldo Alemán, la Policía Nacional
inició una campaña de patrullaje en los barrios de
Managua denominados "calientes" para detener a pandilleros.
Después de varios años de presencia casi inexistente
en estos barrios, la Policía aparecía en ellos rápidamente
a cualquier hora del día o de la noche, cuando los llamaba
la gente o cuando ellos decidían. Cada fin de semana llegaban
varias patrullas a llevarse a borrachos y a pandilleros del barrio.
En
el estilo de actuación de los pandilleros es muy característico
el salir a enfrentar el peligro, lo que encaja dentro de la arraigada
cultura machista, que idealiza el correr riesgos y el demostrar
coraje públicamente y ante cualquiera. Cuando llegaba la
Policía, todos los pandilleros salían gritando a su
encuentro, tirando piedras y corriendo por todos lados. Las madres
de los muchachos también salían, gritando y corriendo,
pero no en contra de la Policía, sino tratando de detener
a sus hijos pandilleros para encerrarlos dentro de sus casas.
No
era sólo por el instinto maternal de protegerlos. Un pandillero
capturado por la policía no sale de la cárcel antes
de una, dos o tres semanas. Las madres deben llevarles a la prisión
la comida y de lo que llevan, los policías siempre se quedan
con una porción. A las madres de los pandilleros el apresamiento
de sus hijos les sale demasiado caro: pierden tiempo, gastan en
comida y gastan en transporte más o menos según en
donde los metan presos . La familia puede también pagar una
multa, que de 105 córdobas subió en este tiempo hasta
210, y con la que el pandillero queda libre en sólo tres
días. Esta especie de fianza resulta muy cara a familias
que sólo ingresan mensualmente como promedio unos 600 800
córdobas.
Ciertamente,
el incremento de la presencia policial y el aumento de la multa
han hecho que muchas familias tomen medidas con sus hijos pandilleros.
Muchas familias los encierran con llave durante varios días
para que no salgan. También los pandilleros dijeron haber
reducido sus actividades a causa de la campaña policial.
Sin embargo, después de varias semanas de inactividad relativa,
la actividad delictiva de las pandillas comenzó de nuevo
a recrudecer con ocasión de la Semana Santa. Los pandilleros
tenían que conseguir dinero para pagar los tradicionales
paseos a las playas.
Pronto
se demostró que una campaña policial de este tipo
puede tal vez resolver las cosas, pero sólo a corto plazo
y no por mucho tiempo. La represión policial refuerza el
ciclo de la violencia del que las pandillas son una pieza más.
Las pandillas y la violencia que generan tienen un origen y motivaciones
bien definidas, y mientras esto no se tome en cuenta, cualquier
estrategia en contra del fenómeno de las pandillas estará
destinada al fracaso.
Una organización casi militar
Tener una relación tan estrecha con una pandilla me permitió
aprender mucho sobre las tácticas que asumen, lo que también
ilumina aspectos importantes de sus raíces y de su durabilidad.
Cuando se pelean, las pandillas actúan, esencialmente, con
una organización casi militar en todos sus detalles. Se organizan
en "compañías" que se protegen mutuamente,
existe una reserva, se traza generalmente un plan de batalla con
una estrategia, y los repliegues se desarrollan de manera muy ordenada.
Las armas que lleva al combate cada individuo son suyas, pero los
individuos armados son distribuidos dentro de las distintas compañías
en función de su armamento, para equilibrar a todas las compañías,
excepto cuando se necesita organizar un "comando de asalto"
así lo llaman , con mucho poder de fuego y para un objetivo
específico, como, por ejemplo, el de dañar al jefe
de la pandilla enemiga.
Las
armas que utilizan los pandilleros van desde sus propias manos desnudas
y listas para el ataque hasta fusiles AK 47 y granadas de fragmentación.
Generalmente, utilizan piedras, palos, tubos, puñales y morteros.
Las armas de fuego ametralladoras o pistolas no son las más
usuales en los pleitos entre pandillas y las utilizan sobre todo
para asaltos o robos, a menos de que se trate de un pleito prolongado
en el que cada enfrentamiento requiera de una escalada en el armamento
que emplean ambos bandos, hasta que llegan al uso de armas de máxima
potencialidad.
No es sólo por el desempleo
Las pandillas son un fenómeno social que se reproduce en
el tiempo. En Nicaragua, empezaron a aparecer en torno a 1990. Sus
integrantes eran jóvenes que habían participado en
la guerra de los 80, que terminó aquel año, y todos
conocían el uso de las armas por haber hecho el servicio
militar. Pero los pandilleros de aquellas primeras pandillas de
inicios de los 90 no son los pandilleros de hoy.
En
mi barrio, cuando los pandilleros llegan a los 22 24 años,
tienen dos alternativas. La primera es muy frecuente: "por
accidente" fundan una familia y, para demostrar que son responsables,
dejan de ser pandilleros. A partir de entonces, la mayoría
de ellos viven habitualmente como desempleados. La segunda es entrar
al mundo de la criminalidad "dura". La mayoría
de los pandilleros sigue la primera ruta, pero un porcentaje significativo
elige la segunda. En mi barrio, un 15 20% pasan a ser delincuentes
de profesión. En estos años se ha demostrado que,
de generación en generación de pandilleros, se ha
dado un proceso de transmisión de conocimientos en la manipulación
de armas, en las estrategias de combate y en el conocimiento militar.
Es
importante entender esto, porque demuestra que las pandillas son
mucho más que una respuesta al estímulo estructural
que representa el extendido desempleo que padece Nicaragua. Naturalmente,
el desempleo y la falta de oportunidades son factores importantes
para explicar el fenómeno de las pandillas. Pero no basta
esta explicación. Las pandillas son instituciones que tienen
en cierta medida autonomía socio cultural y una capacidad
de reproducción no ligada únicamente al contexto económico
social. Y sus motivaciones van más allá que el ser
espacios donde los jóvenes superan el aburrimiento de no
tener nada mejor que hacer que provocar, molestar y atacar a los
demás.
Los
primeros pandilleros de los años 90, jóvenes que habían
conocido la guerra, el peligro, la muerte y tantas otras formas
de violencia, dicen que, después de las dramáticas
experiencias que vivieron en las montañas, querían
repetirlas de nuevo. Y sobre todo, querían readquirir el
estatus social que les dio el ser militares aguerridos que, llenos
de orgullo, estaban sirviendo a la patria.
Los
pandilleros de hoy no conocieron la guerra ni hicieron el servicio
militar. Pero coinciden con los de ayer en el deseo de alcanzar
un estatus social de prestigio, en el marco de una situación
nacional en la que se sienten como una generación perdida.
Ellos mismos afirman que no tienen futuro, como tampoco tiene futuro
Nicaragua. Sin trabajo, sin posibilidades de estudiar a pesar de
lo que dice y ordena el gobierno, en nombre de la "autonomía
escolar" las escuelas siguen exigiendo el pago obligatorio
de mensualidades supuestamente voluntarias que no están al
alcance de la mayoría de las familias , sin respetabilidad
social, la única opción que tienen estos jóvenes
para crearse su propio papel social es afirmar su presencia a través
de una pandilla que asalta, pelea y ejerce la violencia. Ese es
su papel y su misión: ellos se ven a sí mismos como
los defensores de su barrio, y ese deber les da derecho a atacar
a los de afuera que se atrevan a penetrar en su barrio.
La
identidad está en el barrio
Durante
esta década, el sentimiento de identidad se ha localizado
mucho. La pandilla de mi barrio se identifica bastante con el barrio
de los años del somocismo, cuando el barrio de sus padres
era un barrio marginal y sumamente peligroso. "Los que vivían
aquí antes sí que eran dañinos. Se les tenía
respeto. Nadie entraba aquí, nadie. Vos entrabas de pie por
un lado y salías por el otro lado en un cajón. Antes,
hasta la Guardia tenía miedo de entrar aquí",
me dijo una vez uno de mis amigos pandilleros. El barrio fue teatro
de enfrentamientos muy violentos durante la insurrección
antisomocista y la aviación de la Guardia lo bombardeó
varias veces. Hoy, este barrio no tiene nada de especial y es uno
más entre cientos de otros barrios similares en Managua.
No
fue el caso durante el sandinismo, cuando el barrio se benefició
del programa urbano que el gobierno revolucionario organizó
a inicios de los años 80. El barrio fue reconstruido totalmente.
Y nadie en el barrio me permite olvidar estos hechos, que lamentablemente
fueron logros de corto plazo. Desde mediados de los años
80 el barrio quedó sin mantenimiento y hoy funciona una sola
luz en las calles, los espacios públicos se han convertido
en basureros y las casas se están derrumbando. Al mismo tiempo,
como los ingresos de todas las familias han caído drásticamente,
la mayoría de las familias tampoco puede dar mantenimiento
a lo suyo.
Desde
1984 85, la historia del barrio ha sido la de un lento fracaso,
la de una agonía prolongada. Los pandilleros de hoy sueñan
con épocas pasadas, cuando a su barrio se le tenía
respeto. Por todos lados, dentro y fuera del barrio, aparecen pintas
(graffitis) con el nombre pre revolucionario que tuvo el barrio.
Esta anhelante búsqueda de identidad está íntimamente
ligada con el vacío de otros papeles sociales significativos
y permite suponer que si uno pudiera canalizar las energías
y los sueños de los pandilleros hacia otras actividades,
tal vez lograrían encontrar lo que están buscando.
¿Qué quisieran hacer?
Cuando pregunté a los pandilleros qué tipo de actividades
les parecerían de interés y utilidad, me contestaron
que quisieran hacer algo concreto, de beneficio para ellos y para
su barrio, algo en lo que trabajar juntos. Construir, por ejemplo,
un parqueo con una cancha de baloncesto, que después ellos
mismos se encargarían de cuidar. Quieren algo con lo que
poder identificarse y donde trabajar colectivamente.
Esta
respuesta refleja algo importante a tener en cuenta cuando se analiza
el fenómeno social de las pandillas. Estas deben de ser consideradas
como colectivos, como comunidades, y no solamente como agrupaciones
yuxtapuestas sin orden ni concierto. Dentro de mi barrio, se puede
afirmar que la pandilla es el único ejemplo de organización
de solidaridad cooperativa, porque aun las familias están
muy fragmentadas. La familia con la que vivo, por ejemplo, está
dividida en tres grupos distintos, que sobreviven con ingresos diferentes,
que nunca comparten entre ellos.
Los
pandilleros subrayan la importancia de la solidaridad dentro de
la pandilla con la misma fuerza con la que lamentan la atomización
de la comunidad. Señalan que un pandillero tiene responsabilidades.
Una de ellas resulta obvia a cualquier observador: una pandilla
nunca deja a uno de sus miembros en el "campo de batalla".
Sea cual sea el peligro, si hay un pandillero herido, otros lo rescatarán
antes de replegarse. Naturalmente, esto ocurre por la lógica
que tienen los pleitos, en que el objetivo es capturar a los miembros
con características especiales de la pandilla adversa, pero
resulta también un signo de la actitud solidaria que se genera
entre los pandilleros.
¿Solidaridad heredada del sandinismo?
Los pandilleros de mi barrio afirman que esa solidaridad con la
que se ayudan entre ellos y con la que cuidan a su barrio viene
del sandinismo. Se ven a sí mismos como los herederos del
sandinismo y de sus valores de solidaridad y de trabajo colectivo.
Durante las elecciones de octubre de 1996, los pandilleros distribuyeron
propaganda del FSLN por el barrio y colocaron banderas y afiches
rojinegros por las calles cuando se anunció que Daniel Ortega,
candidato presidencial del FSLN, iba a llegar.
Un
100% de los pandilleros de mi barrio son sandinistas. Ciertamente,
esto influye en su ideología solidaria. Sin embargo, los
recuerdos que la mayoría de estos pandilleros conservan de
la época sandinista son muy imprecisos, porque eran muy jóvenes
en aquellos años. Es probable que su sandinismo lo hayan
recibido en herencia de la primera generación de pandilleros,
que hicieron el servicio militar.
Predomina
en los actuales pandilleros una idealización y una mitificación
del pasado, incluida la glorificación de la historia del
barrio antes de que fuera reconstruido por el gobierno sandinista,
a pesar de que en aquel entonces el barrio era uno de los asentamientos
más míseros de Managua. Y es que las pandillas se
caracterizan por su sentido de territorialidad. Cada pandilla se
identifica con su barrio y lo ve como su territorio. Operan también
en otros barrios, pero no tienen la misma actitud con relación
a esos barrios que la que mantienen con su barrio de origen. Se
puede decir que, al menos con su barrio, los pandilleros tienen
una conciencia o sentimiento de responsabilidad social.
Durante
una "guerra" contra la pandilla de un barrio vecino, mis
amigos organizaron una tregua "para las casas", que estaban
sufriendo bastante por el cruce de morterazos entre ambos bandos.
Las dos pandillas llegaron a un arreglo y trasladaron su guerra
a un terreno neutral entre los dos barrios, lejano a las casas.
Un sentido de cooperación así, entre pandillas supuestamente
enemigas, no debe sorprender. Muchas veces, las mismas pandillas
que se peleaban ayer se juntan hoy para atacar a otra pandilla y,
aunque se trata de alianzas efímeras, no dejan de ser significativas.
Pandilleros: los que "tienen la onda"
En mi barrio hay más o menos cien pandilleros. Todos son
varones en varias pandillas de Managua también hay mujeres
. Entre 1990 y 1995, el número de pandilleros creció
año tras año, pero desde entonces no ha crecido ni
ha menguado. No todos los jóvenes de un barrio se meten dentro
de la pandilla. En mi barrio viven unas 3 mil personas unos 750
son jóvenes varones y 100 de ellos son pandilleros.
¿Por
qué algunos jóvenes se hacen pandilleros y otros no?
La explicación que dan los pandilleros es que unos "tienen
la onda" y otros no la tienen. La "onda" es el puro
gusto, la atracción por la delincuencia, un estilo al vestirse
ponerse las camisetas al revés, por ejemplo o un estilo al
hablar hablar pronunciando las palabras con las sílabas al
revés, con lo que uno es "nitua" en vez de "tuani"
... "Tener la onda" es también una actitud, un
sentido del humor, como lo demuestra un asalto que realizaron los
pandilleros de mi barrio. Un diplomático los pandilleros
de mi barrio lo reconocieron por las placas de su auto llegó
al barrio vecino a comprar drogas en una calle muy conocida por
esa venta. Al salir, los pandilleros lo estaban esperando con AK
47. Le robaron su dinero 200 dólares , sus anillos, su reloj,
su camisa y sus zapatos. Pero decidieron respetarlo dejándole
"lo mejor": su carro y sus drogas...
"Tener
la onda" es más que robar, drogarse o andar de vago...
Es también tener una "nota": sentir la pertenencia
al barrio y la identificación con los demás pandilleros.
Los pandilleros no sólo se ayudan mutuamente, sino que confían
mucho unos en otros, confianza que es un valor, por ser cada vez
más escasa en el contexto de crisis de la Nicaragua de hoy.
En parte, esta confianza y esta lealtad son una reacción
a la estigmatización social que sufre el pandillero. Aunque
en mi barrio, este estigma es ambiguo, porque los habitantes del
barrio aunque critican a los pandilleros, no dejan de reconocer
que son ellos quienes protegen y cuidan al barrio.
¿Quiénes se hacen pandilleros?
No existe una clara correlación entre la situación
socioeconómica de las familias de los pandilleros y su pertenencia
a la pandilla. A pesar de que existe bastante diferenciación
social dentro del barrio, los pandilleros no son mecánicamente
los jóvenes de los estratos más pobres, a pesar de
que el motivo económico es siempre una motivación
importante para hacerse pandillero.
Con
sus asaltos, sus robos y sus "bisnes", los pandilleros
pueden obtener mucho dinero. Lo utilizan para comprar pega para
inhalar, marihuana para fumar, licor para emborracharse y cargas
para su mortero o balas para su arma, puñales y ropa especialmente
zapatos o gorras Nike . También comida. El promedio mensual
de gastos de un pandillero ronda entre 200 y 400 córdobas.
(20 40 dólares). Nunca ahorran dinero. Lo buscan cuando lo
necesitan. No lo comparten con su familia, pero a veces sí
con sus compañeros de pandilla.
Tampoco
se puede afirmar que los pandilleros provengan de familias con historiales
problemáticos fragmentadas con escenas de violencia doméstica,
etc. . El único indicador sistemático que he podido
observar es que la inmensa mayoría de los jóvenes
que provienen de familias evangélicas no se integran a las
pandillas.
Esto
puede deberse a la ideología evangélica, opuesta a
algunas de las actividades de los pandilleros: beber o fumar. También
puede ser porque las iglesias evangélicas, tan organizadas,
juegan un papel social comparable al de las pandillas: ambas son
instituciones de referencia que ofrecen a los individuos códigos
de conducta grupales y sólidos dentro de un contexto nacional
donde muchas de las referencias sociales se han transformado o han
desaparecido. Dentro de un contexto de cambio, de inseguridad generalizada,
lleno de referentes efímeros, tanto las pandillas como las
iglesias evangélicas, representan un esfuerzo para construir
un espacio social con reglas definidas, donde los jóvenes
puedan sentirse parte de un grupo con identidad social.
Este
contexto de inseguridad y de precariedad característico de
la situación de Nicaragua es el espacio social donde se ubican
los pandilleros. Las pandillas son socialmente estructurantes y
estructuradas. Aunque dentro del espacio social que ellas constituyen
emergen nuevos valores, nuevas significaciones, nuevas prácticas,
nuevas relaciones y tipos de relaciones, esas pandillas están
ubicadas, y de manera subordinada, en un espacio social más
amplio, que también marca la identidad de los pandilleros.
Este espacio más amplio es el espacio nacional, en crisis.
Los pandilleros tienen que edificar su identidad en ambos espacios.
Y por eso, todas sus acciones reflejan, tanto el orden ya establecido,
como el orden que ellos logran establecer en su pandilla.
Expresión de una cultura machista
En un contexto social en el que la violencia es la norma, ¿puede
sorprender que los pandilleros se caractericen por acentuar ese
rasgo social? En un contexto donde la fuerza es la que da estatus,
la manera de superar a los más fuertes es procurarse un arma.
La vía violenta que siguen los pandilleros no puede sorprender
en un país donde existe una cultura de violencia. Es indudable
que la historia de Nicaragua está impregnada de violencia.
Desde la conquista española, la violencia ha estado omnipresente
en Nicaragua y esto ha afectado todas las formas de organización
de la vida.
Los
niveles de violencia dentro del hogar son también muy altos
y la violencia resulta la vía privilegiada para resolver
todo tipo de conflictos en un marco cultural machista. Las pandillas
se pueden analizar también como una cristalización
del machismo nicaragüense, por la actitud que tienen los pandilleros
ante el peligro, porque privilegian la violencia como expresión
social, por el componente casi exclusivamente varonil de la pandilla,
por su manera de relacionarse con las mujeres... Las pandillas y
su violencia no son fenómenos en el aire. Tienen una lógica
dentro de su propio espacio social y dentro del espacio social que
constituye la sociedad nicaragüense. Son la forma que adoptan
los jóvenes para imponerse a una sociedad que los excluye.
Una lógica incierta y cambiante
A pesar de todo, no debe buscarse en las pandillas una lógica
perfecta. La explicación convencional del comportamiento
individual sea en la economía, la sociología o en
otras disciplinas de las ciencias sociales se funda alrededor del
concepto de que las acciones humanas son el producto de una racionalidad
basada en la consideración que hacen los individuos de los
distintos medios, fines y causalidades que tienen a mano y que conducen
de uno a otra. Pero muchas veces no es tan fácil identificar
estas piezas porque las opciones que uno tiene a mano son opacas
e indeterminadas.
La
ambigüedad inherente a la condición humana incrementada
en el contexto caótico y anárquico de la Nicaragua
de hoy provoca que la gente tal vez no sepa lo que está haciendo
o no sepa quizás el efecto que tendrá lo que está
haciendo. No se trata de que las acciones de la gente no sean racionales,
pero su lógica no llega a ser nunca una lógica sistemática.
La gente no está tan segura ni de sí misma ni del
mundo dentro del que está viviendo, como las ciencias sociales
sostienen con frecuencia.
El
mundo no es inmóvil, siempre está cambiando, y por
eso la vida de la gente se debe considerar siempre como un proceso
anárquico en cambio. La interacción humana, que ya
es ambigua por el hecho de que la comunicación entre humanos
pivote de la interacción social es ambigua en cualquiera
de sus manifestaciones, necesita de una permanente interpretación.
Y es por eso que serán necesarias muchas más experiencias
y mucho más tiempo para que el antropólogo entienda
al pandillero.
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